Merecer boniatos y no luz

ImagenEsta es la historia de una barrera arquitectónica que por mucho tiempo interrumpió el andar de los caminantes en la ciudad. Un amigo-maestro las nombró boniatos, porque iba uno muy orondo por el estrenado bulevar y de pronto “sacaba” un  “tubérculo” magnífico, de proporciones simétricas, que en honor a la verdad no parecía boniato, sino caja maléfica de las películas de magia a lo Harry Potter, capaz de oscurecerle la vida a cualquiera.

Crecieron los boniatos como crecen las malas hierbas en período lluvioso; en el sentido metafórico, aclaro. Más bien, perduraron. El amigo-maestro casi pierde las fuerzas y las ganas de decir, lamentar, denunciar… Apareció, entonces, un argumento que no ayudó demasiado a aceptar, dicha sea  toda la verdad, pero que, no obstante, arrojó un poco de claridad al por qué de aquellos anacronismos.

En el lugar de las oscuras cajas maléficas (entiéndase boniatos), desde el momento mismo de la concepción de los arquitectos debían estar unas lámparas que, en las noches, traerían un ambiente diferente al bulevar. Mas, como sucede con frecuencia, no estaban desde el inicio y fue necesario improvisar.

Sin embargo, un día sin marca en el calendario, las barreras dejaron de serlo y del piso brotó luz… sí, luz. Y el amigo-maestro respiró aliviado porque ya no habría más esguinces, ni rodillas raspadas, ni tobillos rotos, y porque, se dijo,  para eso sirve el Periodismo, para poner en una voz el reclamo de muchas voces, y un periódico puede ser solo un trozo de papel gaceta, o una tribuna desde donde, también, se participa y decide.

Todos en la ciudad, o casi todos, parecían complacidos con tal novedad, y los niños miraban al suelo fijamente, como maripositas nocturnas, encandiladas por el blanco albor que salía de debajo de sus pies. Pero, acaso, eran demasiado felices, y una noche sin ojos atentos ni Luna llena alguien de mala entraña rompió el cristal de las lámparas. Hubo entonces que volver a pagar por lo útil y bello, y otra vez aparecieron lámparas nuevas, como conjuro contra los vándalos. Se suponía que ahora sí la responsabilidad colectiva mantendría a buen resguardo sus pequeños manantiales de luz. Se suponía…

Esta es la historia de una ciudad dormida a la que le apagaron sus candiles y apenas se dio cuenta. Un tipo, o varios, con una cabilla, o pata de cabra, o lo que sea, aprovecharon el sueño profundo de todos y, solo por la extrañísima satisfacción que sienten algunos cuando hacen el mal, rompieron el cristal y nos dejaron a oscuras.

Ahora el maestro-amigo y yo nos preguntamos si, después de todo, será que esta comarca, incapaz de conservar lo que le cuesta su propio sudor, se merece aquellas cajas maléficas a lo Harry Potter, o como dicen por ahí, los boniatos del bulevar.

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