Magalis

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Era una biblioteca pequeña, modestísima. Una biblioteca de escuela primaria en pleno Período Especial. Unos cuantos estantes con libros, varias mesas con sus sillas, una pizarra y un piano constituían su mobiliario. Allí íbamos al menos una vez a la semana, durante un turno de clases. Formados, unos detrás de otros, desandábamos el pasillo  en silencio y, al llegar, siempre estaba Magalis.

Magalis era la bibliotecaria, una mujer de pelo muy negro aunque ya no tenía edad para que fuera natural, grandes espejuelos y que, a los pequeñines de entonces, se nos antojaba demasiado alta, un poco distante, pero tan cercana a la vez. Nos esperaba parada delante de la puerta y hablaba muy bajito, como en un susurro.

Antes de que cada quien escogiera el libro que quería leer, ella nos regalaba una canción infantil en su voz, acompañada del viejo piano que sabe Dios adonde fue a parar. Tambien del coro, a veces desentonado, de quienes la escuchábamos. Era una melodía medio cansina, del periquito que no fue al baile porque no tenía zapatos de cordones. “Periquito to, Periquito to, Periquito no fue al baile le…”.

Y fue así que, entre música y algarabía, aprendimos a querer ese espacio donde reinaba la lectura. Por primera vez descubrimos los Cuentos de Guane, El Cochero Azul, La Flauta de Chocolate, las fábulas de Esopo o las historias de Tolstoi. Y por si no bastara el mero hecho de leer, la maestra-bibliotecaria hacía preguntas e indagaba en lo que habíamos aprendido. No había forma nos fueramos sin, al menos, saber algo nuevo. No era, en ninguna medida, un método represivo, sino todo lo contrario, una forma amena de acercarnos a la lectura y sus encantos. En definitiva supongo que de eso se trata cuando se va a la escuela a educar y ser educados.

Leer no es solo abrir las páginas de un libro y reconocer las letras, una a continuación de la otra, como quien desea terminar pronto. No es un sprint olímpico. Es, más bien, una carrera de largo aliento. Leer es descifrar el misterio de la palabra escrita, saborearla, tocarla, olerla. Sentir en 3D el mundo mágico de los libros. Y tratar de vivirlo.

Eso me enseñó Magalis y espero, donde quiera que esté, sepa el bien que me hizo.

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