Mi otra Alicia

 

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Con lo prolífico y variopinto que se muestra el registro civil en Cuba, cada vez es menos probable que uno coincida con personas que se llamen igual. Yo, por ejemplo, solo tengo una Mercedes y un Rigoberto en mi vida. Una Maydolis. Un Fabio. Georges tengo unos cuantos, pero el chiste es que nadie los llama así, sino por el segundo nombre, entonces, no cuentan. Ah sí, los Eric, pero eso es obra y gracia de la sociedad patriarcal… ¡y yo soy feminista!
Pero si difícil es coincidir con dos Yumisisleydis en tiempo y espacio, más lo es que las dos, digamos, ejerzan la misma profesión. De manera que me da por sentirme privilegiada cuando pienso en mis dos Alicias maestras. A una de ellas, la primera que conocí, ya le dediqué unas líneas, porque no solo me enseñó los primeros trazos y las vocales, sino el valor de la humildad y el cariño a toda prueba, cuando con sus propias manos cosió unas zapatillas que creo no llegué a utilizar.
Esa Alicia murió hace poco y no me enteré, porque la vida tiene esos desencuentros que te hielan el alma. Ella la de apellido Placeres (se lo debo de la anterior crónica)  tuvo un montón de hijos-alumnos como yo, desperdigados por ahí. A lo mejor unos se hicieron médicos y le mejoraronn el día solo de verlos entrar en la consulta. Tal vez otros trabajan en el correo, y son quienes le pagaron mensualmente su pensión de jubilada del sector de Educación.
A mi otra Alicia todo parece indicar que su cigüeña se equivocó de lugar. De seguro la entrega era en Jamaica y de pronto la dejó en Cuba, en Ciego de Ávila, con sus flamantes Brown Stanley de apellidos, haciendo que sus pupilos se preguntasen constantemente de dónde vino la profe. Una interrogante que pronto se disipaba porque la trigonometría y las funciones son más, muuucho más difíciles que la Geografía.
En la secundaria solo había que mencionar el nombre de Alicia Brown para que se hiciera el silencio, después de los cinco minutos entre clases. Lo curioso es que esta mujer apenas levantaba un metro y medio del suelo, delgada como modelo, diminuta, de tez negra brillante. Pero algo tenía. Yo diría que imponía un respeto que en algún punto podía confundirse con miedo. Y eso que nunca, jamás, ni por casualidad levantaba la voz. Toda seria entraba en el aula, ponía sus libros sobre la mesa, borraba la pizarra llena de corazoncitos y siglas ininteligibles, y con una parsimonia premeditada, peinando con la vista a la muchachería alborotada, preguntaba, “¿podemos empezar?”. ¡Claro que podíamos empezar!
Luego era el aluvión de números, fracciones, logaritmos, raíces cuadradas, geometría plana, del espacio, binomios, trinomios, problemas, ecuaciones…
Voy a confesarlo, aunque ya se puede adivinar. Las matemáticas y yo nos respetábamos. Es decir, yo las respetaba y ellas disfrutaban mi tensión. Pero con Alicia Brown una no se podía quedar en modo pausa, tratando de digerir el Teorema de Pitágoras o la “belleza” de un binomio cuadrado perfecto. Lo aprendías o lo aprendías. No había términos medios. No terminaba la clase hasta que el contenido quedaba claro, comprendido, aprehendido. Ninguno de sus alumnos repitió el año por su asignatura. Tampoco faltó una sola vez: ni día lluvioso, ni fin de año, ni por problemas familiares.
Ahora parece que mi otra Alicia era perfecta, lo sé. Pero ni tanto. Que si se ponía brava por la incontinencia verbal de la muchachería nos miraba con cara de pocos amigos, su rostro se ponía duro, y se duplicaba el ejercicio independiente con una facilidad escalofriante. Lo que pasa es que los adolescentes no escarmientan, y en tres años de convivencia, la Brown Stanley torció los ojos con frecuencia y multiplicó hasta el infinito la tarea.
Todavía nos encontramos en la calle y me mira sonriente, echándome en cara mi más famoso “error de cálculo”. Ese es el eufemismo para “estar en la bobería” mientras resuelves un ejercicio independiente, porque solo en ese estado dos por cuatro es seis. La suerte es que en Matemática el resultado de la ecuación no es más importante que el procedimiento para llegar a él. Por eso en aquella revalorización solo perdí dos puntos, pero gané una anécdota que solo ahora, unos cuantos años después, no tengo vergüenza de contar.
Mi segunda Alicia también se jubiló, después de haberle entregado a este pueblo estudiantes que sabían sin titubeos que la suma del cuadrado de los catetos es igual a la hipotenusa y que dos por cuatro…. es ocho.

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Publicado por

Sayli

Soy "algo" que todos los días se (re)construye. Debo tener un punto de partida, un botón de inicio quizás, pero no lo encuentro. Tampoco la última orilla ni el malecón que me contiene. Escribo porque no se me da bien la política ni el sexo por dinero, lo cual me mantiene contando centavos, pero me deja dormir en paz.

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