El Cuadro redondo

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Los cuadros son como las monedas: tienen dos caras. O al menos eso parece. Los cuadros, por si hay dudas, son aquellos hombres y mujeres que asumen responsabilidades administrativas o políticas, en los distintos niveles del poder en Cuba. Por qué se les dice así, no lo sé.


Lo que sí sé, de buena tinta, es que por una cara se les ve como oportunistas redomados, encariñados con el carro, la tarjeta de combustible, el celular y el buró.
En el reverso son gente presa de sus circunstancias, casi siempre con un mayor nivel de compromiso y disposición que el resto, amenazados todo el tiempo por una inmensa espada que, como la de Damocles, pende sobre sus cabezas esperando solo un desliz.
La masa, por lo general, se reconoce en la acera del sol y desde allí evalúa la gestión, los métodos y estilos, el carácter y carisma, el uso de los recursos del Estado, cómo viste, si está gordo o flaco, si se deja ver o no, si saluda, si almuerza con los trabajadores… Pocas veces el criterio es unánime y lo que resulta aún más curioso, un mismo hecho puede ser interpretado desde las antípodas.
En lo personal he escuchado: “es un vive bien”, con igual contundencia que: “bobo es si no aprovecha su momento”. De todo, como reza la Biblia, hay en la viña del señor, y también en el ámbito de un cuadro.
Los jefes de los cuadros, siempre vistos desde la sombra, sujetos ellos mismos a la cuadratura semántica, ven las cosas diferentes. Sus agendas verticalistas imponen exigencias al que le sigue en la cadena de mando y desde su punto de vista, las cosas siempre pueden hacerse mejor. Está claro que es este un principio elemental del desarrollo humano, pero es un reclamo que está predeterminado “genéticamente” en todo cuadro que se respete, a veces sin que tenga un respaldo concreto en la realidad.
Y podría preguntarse uno si se nace con el lunar del jefe en el cuerpo o se lo pintan después. Lo más probable es que no sea ni lo uno ni lo otro. A ese estatus se llega por muchas vías.
En ocasiones hay un componente hereditario, pues los hijos continúan los pasos de sus padres, amparados incluso, por la sombra de sus “viejos”. Otras se trata de alguien que tenía aspiraciones y trató de hacerlo todo bien, sobresaliendo cuando pudo, mostrando disposición y deseos.
También están aquellos asediados por la coyuntura. Un buen día faltó el responsable y alguien con cierta “visión” pensó que era la persona indicada.
Sin embargo, las cosas no debían ser ni espontáneas, ni improvisadas, ni mucho menos predeterminadas. Los ejemplos sobran para ilustrar lo que digo. Si algo me queda claro es que un cuadro se forma, no empujándolo hacia la jaula del león sin siquiera un látigo, sino enseñándolo a domesticar a la fiera con tiempo suficiente. Porque, seamos honestos, por muy pequeños que sean los colectivos, entidades, empresas, municipios, provincias, siempre es como enfrentarse a una bestia.
Mas, lo que ha sucedido hasta ahora es que se piensa en la reserva cuando la liberación es inminente o efectiva, y hay que correr para encontrar el parche que ponga fin a la gotera; o por el contrario, teniendo reserva, al menos en papeles, se desconoce ese procedimiento y al final asume la responsabilidad uno (o una) que no se sabe de dónde salió.
Dicho por las máximas autoridades del país, el trabajo de los cuadros y su reserva es una de las tareas pendientes de nuestro sistema social, una realidad a la que la atraviesan desde los estereotipos más caricaturescos (y verídicos) como los personajes Lindoro o Pepin, hasta la consagración anónima y no siempre bien remunerada de no pocos cuadros y directivos.
Lo probable es que no exista un cuadro redondo, sin abolladuras, tan puro como la pureza. Bastaría detenernos en los contratiempos cotidianos con que tienen que lidiar para cumplir su misión. No obstante, siempre habrá que velar el molde y, sobre todo, el horno donde, a fuego lento y sin premuras, se temple el material del que están hechos.

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