Elogio de la tozudez

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Si un periódico no fuera algo más que un muro de lamentaciones, o una vitrina, no valdría la pena, siquiera, entintar cuartillas y hacerlas públicas. No hay mérito en ver solo las manchas, ya lo sabemos, ni únicamente en destacar el brillo. No hay virtud en repetir consignas, pero tampoco en pretender ser la definición misma de la Verdad.
Aceptémoslo, un periódico solo es una Verdad de tantas. Y el mérito y la virtud están en ser consecuentes con ella, y rehacerla en cada impresión, como si se tratara, tal y como siempre es, de una hoja de papel en blanco.
Todo comienza y termina con esa suerte de destino maldito e invariable, con el vacío por todas partes, y una vocación y voluntad de llenarlo con algo más que letras escogidas y bien organizadas. Un vacío físico, tangible, cercano, con márgenes preestablecidas, en formato A4 o Carta. Mas, también, un vacío no tan reconocible, temido, indeseado, cuyas márgenes apenas son visibles y que, sin embargo, suelen encerrar y hasta amordazar eso que llamamos la realidad.
Qué escribir en un periódico para que no sea solo un muro de lamentaciones, inventario de dolencias, rosario de escaseces, enunciación del desaliento, la fealdad, el escepticismo y la inercia. Qué escribir en un periódico para que cuando, al fin, huela a tinta tibia y papel gaceta, no resulte una vitrina donde mostrar ufanos planes que no dan suficiente qué comer, ensayos de lo bueno y lo bonito, y de la perfección, a estas alturas en que está más que demostrado que tal cosa no existe.

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La gente, o sea, los lectores, y los que no leen también, quieren que en apenas ocho páginas les cuenten grandes historias y pequeñas hazañas, como aquella de asfaltar una calle después de 20 años de baches y charcos, después de 20 años de desesperanza y omisión. Después, en fin, de 20 años, que sí son algo.
Será porque, en definitiva, un periódico es alquimia contra la desmemoria, conjuro para los malos augurios, llave maestra para las cerraduras más empecinadas. Y es en esa dedicación a abrir puertas y combatir el olvido que se llega a la Verdad, o cuando menos, una Verdad compartida, anhelada, imprescindible.
Cierto es que a veces resulta menos complicado, digamos menos peligroso, llenar las páginas de un periódico con lamentos políticamente correctos, quejas avaladas por lo oficial, elaboradas en alguna parte de arriba y que bajan, casi sin ayuda de la gravedad, a anidar en un comentario o reportaje travestido de valentía y tozudez. Otras veces, en cambio, se hace más sencillo atenuar los matices y utilizar eufemismos, frases hechas y ahuecadas, para que la mezcla tenga igual cantidad de cal y arena, sin tener la certeza de que esa sea la fórmula correcta.
Si no fuera por la tozudez de decir, los periódicos no valdrían la pena. Llenarían estanquillos y servirían de lecho blando a las revistas del corazón, terminarían enmarañados entre el último escándalo de la estrella de moda y los 10 secretos para comer todo lo que se quiera sin engordar, en una esquina cualquiera, o en un banco cualquiera.
Pero es la tozudez de decir, el obstinado esculcar en las realidades y la capacidad de ponerlas en blanco y negro (mientras llegan los colores), lo que convierte a un periódico en algo más. Es eso, y no la vanidad de perdurar, lo que hace que la gente que lee y los que no, también, esperen su llegada, comenten sus palabras, recorten sus esencias y las guarden, como un entrañable recuerdo, como una premonición, o como un amuleto, precisamente para no olvidar.
¿Será que Invasor, 35 años después, sigue siendo la mejor definición de la tozudez de decir?

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