Se compra cualquier pedacito de tiempo

Se compra cualquier pedacito de tiempo

Tengo la leve impresión de que mi tiempo no es igual al de los demás. Me explico, antes de que me tilden de “loca”, pues en la profesión con la que me gano el pan y los ¿peces? es peligrosa esa etiqueta. No estoy afirmando que una hora no tenga 60 minutos o que un año no dure 365 días, con excepción de los bisiestos.
Quiero decir que a veces siento como si el tiempo de otros fuera más importante. Y no dudo que, por sus responsabilidades, haya quien o quienes consideren que, definitivamente, el suyo valga cual si se tratara de oro molido. ¿Será por eso que con demasiada frecuencia escucho el pregón “se compra cualquier pedacito de oro”?
La cuestión es que me han hecho esperar tanto que hasta un poco de complejo he llegado a sentir. Si, porque una cree que se ríen en su cara cada vez que llega con la lengua afuera, sin aliento, super apurada porque el primer mandamiento de los buenos modales es ser puntual (y de pequeña me leyeron hasta el cansancio el Manual de Educación Formal), para que le digan con una frescura provocadora que la reunión en realidad está fijada para media hora después.
Si una se mirara en ese momento al espejo vería cómo se desdibuja el rostro con el que vino al mundo y se asemeja al de los equinos, por aquello de que el caballo (en este caso la yegua) del General siempre está ensillado.
En tiempos de guerra supongo que era lógico no quitarle la montura al animal, ya que en cualquier instante tocaba el corneta a degüello y había que salir machete en mano y no precisamente a cortar marabú. Pero, en tiempos de paz, no es necesario andar con tanto apuro, aunque el imperativo contemporáneo sea el ahorro, incluso del regalo de Cronos a los simples mortales.
En realidad lo que más me molesta, después de que malgasten mis horas y minutos, es que me traten como a una adolescente. Y ganas no me han faltado de formar una pataleta, frecuentes a esas edades, cuando el recibimiento es algo así: “los convocamos un poco antes para garantizar la asistencia y puntualidad”.
Se supone que una deba estar agradecida por tamaña previsión, pero a la 1:00 de la tarde, con el Sol en su punto (entiéndase evaporando el pavimento y rajando las piedras) solo puedo pensar en que el almuerzo se quedó a medio camino entre la boca y el estómago, y aún falta una eternidad para que comience la reunión que, para colmo, podría no ser productiva.
En el fondo (o en la superficie, vaya uno a saber) tal decisión lleva implícita la suposición de que los convocados no son lo suficientemente responsables como para llegar temprano. Es como las madres que, aun cuando sus hijos ya tienen bigote, continúan lavándoles las orejas porque creen que ellos no saben. ¿No era que debíamos desterrar el paternalismo? ¡Oiga, si llego tarde, sancióneme, pero no me castigue llegando demasiado temprano!
Lo peor es que la excusa o argumento ideal de este modus operandi es lo que, en un alarde de ironía, digna de un ensayo literario, suele llamarse puntualidad cubana.
Si lo pensamos bien, tarde o temprano teníamos que tener nuestra distinción en este sentido. Todo el mundo sabe que en el ajiaco que cocinó Fernando Ortiz, en su intento por definirnos, al menos dos ingredientes puntean bastante en el sabor final: chovinismo (a veces disfrazado de amor al terruño) y egocentrismo (los cubanos son los que más).
De alguna forma había que echarle en cara a los ingleses que no les envidiamos el metodismo al tomar el té de las 3:00 pm, porque aquí lo que gusta es el café fuerte y amargo, y a esa hora en La Habana mataron a Lola, y Pepe Antonio les cargó al machete, y nosotros no tenemos Big Ben, pero tampoco nos hace falta. Si ellos son puntuales, los criollos también, aunque a nuestra forma.
Con este tipo de razonamiento casi justifico a quien me hacer perder el tiempo, único, escaso, escurridizo, mío. Perdonen el exceso: es culpa del ajiaco.

Pero que no se hagan ilusiones, pues el día menos pensado le digo al corneta que toque a degüello y destajo, de un golpe, todos los segundos, minutos, las horas que me han hecho esperar. No vaya a ser que de pronto cambie el pregón y me despierte tempranito un vozarrón diciendo “se compra cualquier pedacito de tiempo” y me vaya a pasar como ahora, que no tengo ni un gramo de oro.

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Publicado por

Sayli

Soy "algo" que todos los días se (re)construye. Debo tener un punto de partida, un botón de inicio quizás, pero no lo encuentro. Tampoco la última orilla ni el malecón que me contiene. Escribo porque no se me da bien la política ni el sexo por dinero, lo cual me mantiene contando centavos, pero me deja dormir en paz.

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