#EnlaRuta22: Los socios de Manolo

Ruta22  Cierto chofer de la #Ruta22, cuyo nombre no me esforcé en averiguar, pretendió dar lecciones de disciplina y apego al reglamento del transporte público a una de las pasajeras aquella tarde de domingo. Los domingos, ya lo sabemos, la cantidad de personas en tránsito disminuye considerablemente, comparada con el resto de la semana, digamos, por ejemplo, un miércoles a las 5:00 de la tarde. De manera que el ómnibus iba casi vacío, apenas con dos espectadores para la historia que sobrevendría.

Estos son los hechos: la mujer no pudo, o no quiso, llegar hasta la parada y, con ademanes elocuentes, pidió al conductor que parara y le permitiera montar a mitad de la calle. Un coro de jóvenes, que mataban el tiempo sentados en la acera, conminó al hombre a que le hiciera el favor, que no la dejara porque la siguiente guagua podría demorar (recuerden, era domingo). A regañadientes detuvo la marcha, no sin hilvanar una serie de regaños y reprimendas porque él no estaba autorizado, “para eso están las paradas señora, yo no estoy obligado a recoger a nadie fuera de los puntos”.

Ella optó por no entablar un debate, pues no le asistía el derecho. Claro, tampoco se merecía tal regaño, y menos en mala forma, se dijo y masculló bajito algún tipo de maldición. El chofer, por su parte, siguió rumiando argumentos en nombre de un reglamento que, a esas alturas, ya tenía aires de escritura sagrada. La parada estaba vacía y siguió camino. En la próxima sí había pasajeros.

Se pone interesante la historia, crece el aufitorio.

A medio camino, cuando parecía que todo estaba olvidado, una pareja con bultos bastante pesados hizo los mismos ademanes elocuentes y el conductor, ni corto ni perezoso, paró sin que nadie lo exhortara, y sin siquiera chistar. Violación flagrante del sagrado reglamento, número uno.

El hombre y la mujer, aun habiendo asientos desocupados, prefirieron quedarse junto a la puerta, conversando con el chofer que, en este punto, ya sabíamos los conocía. Violación flagrante del sagrado reglamento, número dos.

Próximo a la Rotonda, el guagüero aminoró la marcha del ómnibus y paró en firme para que los amigos pudieran bajar y no tuvieran que regresar caminando desde la parada, pobrecitos, con su pesada carga. Violación flagrante del sagrado reglamento, número tres.

La señora del regaño puso cara de “¿y cómo quedo yo?”, y siguió mascullando quejas. Al bajarse, copió en la palma de la mano el número de la placa de la guagua y dijo que eso no se iba a quedar así…

(CONTINUARÁ…)

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