Descubrimientos a la hora del play off

El Almirante genovés puso un pie en tierra y, luego de admirar el más hermoso paraje que sus humanos ojos vieran, encendió el televisor. La pequeña cajita le devolvía una imagen desconocida. Aquel nativo corría llevando entre sus manos una suerte de canasta de cuero y del cielo parecía caer argamasa de pan. Después, un fornido con cara de cacique blandió un madero cual sable de caballería y la bola, blanca como la harina, fue a dar al otro lado del potrero.
En el conuco vecino se escuchaba una algarabía de palabras como tubey, huracán, jonrón, fotuto, tayuyo. Los fanáticos gozaban de lo lindo, viendo por primera vez en tv lo bien que le quedaban a sus muchachos las ropas hechas con piel de tigre, y comiendo palomitas de casabe con aguazúcar.
Allá en el potrero, debajo de una guácima, dos behíques con aires de conquistadores hispanos relataban a voz en cuello los sucesos. Mientras la Mizuno (versión mejorada y trasnacional de la Batos) hacía su recorrido en parábola hacia el maizal, el behíque número dos gritaba ¡vuela, vuela, pelota que va volando!, y el genovés creyó ver cómo a la minúscula esfera le salían alas. Cristóbal, que así lo había nombrado su madre al nacer, ya para esa fecha sabía qué era una esfera. Lo había confirmado dándole la vuelta al mundo, no sin cierto temor a encontrar, de repente, el borde definitivo.

Los adivinos seguían narrando el correcorre entre las bases y construyéndole un altar al nativo que, desde un promontorio en el medio del diamante, lanzaba la pelota de cuero hacia la esquina donde comienza y termina todo. Cristóbal se sintió tentado a bajar el volumen, tal y como habían hecho en el bohío contiguo, pero creyó que necesitaba obtener más información para proclamar ante la corte su descubrimiento.

“Está para empeños mayores”, comentaba a la sombra de la guácima el behíque número uno, al tiempo que el número dos asentía y argumentaba, “pues sí, Osvaldo Vázquez es un bateadorsazo, y ya José Adolis es un pelotero hecho”, pero el almirante no supo exactamente a qué se referían. Intuyó que había un ente superior al que los mejores con el madero y atrapando las bolas en poses de la gran escena podían aspirar, el equipo del cacicazgo o algo así, aunque no entendió del todo cómo era el procedimiento de selección. Tuvo la impresión de que ni siquiera los adivinos conocían ese secreto.

Narradores de Colón
Tres horas después a los behíques les dolía la garganta. En realidad se habían excedido en elogios y opiniones, pero no era para menos, también para ellos era una revelación ver a aquellos inditos vestidos de tigres. En toda la temporada apenas si habían salido en televisión ― porque el potrero estaba muy lejos y los neumáticos se cotizan caros en el mercado del Oriente― y hasta Cristóbal sabía que quien no está en TV, Facebook o Twitter no existe.
Los viejos de la tribu trataban de que a los muchachos tal designio de los dioses no les afectara demasiado. “En silencio tendrá que ser”, decían y aseguraban que así evitaban los malos ojos sobre el juego.

El genovés se dio cuenta de que, a la larga, aquel entretenimiento era mucho más que un juego, que las cuatro esquinas, las bolas y los strikes definían a los nativos tanto como la tierra y el sol.

Por eso el almirante comprendió su misión en la vida. A riesgo de que la benefactora del viaje, Isabel de Castilla, le quitara la mantención, organizó a la marinería, les dijo que desembarcaran y desarmó dos de las tres calaveras, La Niña y La Santamaría. Con la madera mandó construir el primer estadio en aquellos potreros, mas no le alcanzó para completar las gradas.

Eligió a su mejor tripulante y le encargó la tarea más importante del siglo. Él se quedaría en la Isla, tratando de aprender todo cuanto pudiera de aquella manera tan peculiar de asumir la existencia; para eso y porque una indita linda como la virgen estaba haciéndole caritas y el europeo no era de piedra.

En La Pinta viajarían a la corte los dos behíques para ser nombrados Narradores de Colón, a fin de cuentas habían demostrado ser los verdaderos descubridores.

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