Aventuras para los aplastalatas

Fotograma de Los Papaloteros. Televisión Cubana. 1991.
Fotograma de Los Papaloteros. Televisión Cubana. 1991.

Los niños estaban sentados sobre los rieles de la línea del ferrocarril. A esa hora de la tarde no hay peligro, el tren solo pasa tres veces al día y ellos se saben los horarios de memoria. Han nacido y crecido en un barrio que se estremece invariablemente cuando la mole de hierro va de Morón a Júcaro y de Júcaro a Morón. El sol estaba bastante acostado sobre el Oeste y el calor, aunque poco, había amortiguado. Por eso los chicos usaban cortas bermudas y el torso desnudo. Creo que sí tenían zapatos.

Los niños estaban machacando latas de refresco vacías. De lejos parecía que jugaban, pero unos metros más cerca de ellos me di cuenta de que se trataba de aplastar los envases, un “oficio” que mantiene las calles limpias y alcanza para sobrevivir a algunos. Con una piedra pesada asestaban un golpe certero sobre la endeble anatomía de bucaneros, ciego monteros y cristales; de vez en cuando el vaho de la cerveza rancia que quedaba en el fondo les sacudía la nariz.

Quise saber si lo de ellos era puro entretenimiento, mímesis de algún familiar que se dedicara al “oficio”, pero en el momento en que sacaba la cámara para tomarles una foto y luego preguntarles llegó un tercero corriendo y me cortó la inspiración. “Caballerooo, van a empezar Los papaloterooos “. Y fue como si dijeran ábrete sésamo. En un santiamén recogieron el laterío y se fueron corriendo. Al pasar por una de las casas escuché la voz de Noel Nicola y la música que acompañó mi infancia mientras Juani, Cutú y Pedri limpiaban zapatos o fabricaban papalotes para vivir.

Yo también quise ser limpiabotas, papalotera, revolucionaria de la clandestinidad. Será porque la buena televisión tiene ese poder. Pero la buena televisión está en veda, en peligro de extinción. En 1991 ya se podía adivinar la herida profunda  que se abriría en el alma y el cuerpo de la nación cubana. Ya en ese año los dineros no venían en tubo, tampoco el petróleo, ni la leche en polvo. Y todavía así se hizo buena televisión. De ese año es la teleaventura Los papaloteros.

Fotograma de Los Papaloteros. Televisión Cubana. 1991.
Fotograma de Los Papaloteros. Televisión Cubana. 1991.

La buena televisión no es la que más luces, mejores cámaras ni mayores sumas para la producción tenga. Sino aquella que conecta con la gente. ¿Qué es conectar? Digamos que algo tan sencillo como que tres niños del siglo XXI, con palabras como disco duro, playstation, celular y memoria flash incorporadas a sus experiencias de vida, sientan que las historias de tres niños del siglo XX tienen algo que decirles.

En algún punto los infantes que aplastaban latas eran los mismos que los de la pantalla que, cada día, va siendo menos analógica, pequeña y barrigona, para hacerse grande, plana y digital. De ahí que casi 25 años después, la audiencia en esa franja horaria para la Televisión Cubana  volviera a sumar rating y una bendijera la “necesidad” de repetir a falta de nuevas producciones. Ahora puedo hablar con mi hijo de las aventuras de mi niñez.

Pero, a pesar de la gratificación de compartir símbolos con los más jóvenes, la idea de que seamos incapaces de producir un género audiovisual de tan larga y encomiable trayectoria en nuestro país, genera una insatisfacción que crece por días y que se estrella contra el dichoso paquete, donde al parecer “hay de todo”. Los últimos intentos que recuerdo trataron de equiparar en efectos visuales y parafernalia a la muy variada y enorme propuesta foránea y solo consiguieron entronizar la certeza de que ya no sabemos cómo entretener.

Después de todo, ¿qué tenían Los papaloteros, Día y Noche o el mismo En silencio ha tenido que ser , que este verano también “regresó” a la TV? ¿Será que la memoria afectiva nos juega una mala pasada y olvidamos convenientemente algún que otro error de dramaturgia, edición o puesta en escena de aquellas propuestas? ¿O será que en la actualidad se trata de disimular con efectos y tecnología las deficiencias de los guiones y la sequía de buenas ideas?

Los tiros de David en En silencio… o de los jóvenes de la clandestinidad en Los papaloteros todo el mundo sabe que son de mentiritas, mas ese detalle apenas es relevante en una trama que va de lo emocional a lo histórico sin que se huela en el aire el tufillo del didactismo.

Fotograma de Los Papaloteros. Televisión Cubana. 1991.
Fotograma de Los Papaloteros. Televisión Cubana. 1991.

El reto permanece intacto: se trata de decir, siempre, algo que importe al espectador, ya sea desde el punto de vista cognoscitivo o puramente lúdico. El empaque si bien no es insoslayable, tampoco define. Nuestra televisión, creo yo, debía concentrarse primero en tener qué decir y después lidiar con el financiamiento y la producción. Los niños que se entretenían aplastando latas no esperarán indefinidamente por las aventuras cubanas.

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Un comentario en “Aventuras para los aplastalatas

  1. Delicia

    Me hiciste llorar, este post me revuelve las nostalgias de la niñez y en este verano, tal como los aplastalatas, me prendía al televisor para ver Los papaloteros. Es una lástima que ya no se hagan buenas aventuras, creo que ese espacio se perdió hace muchísimo tiempo y más que por falta de recursos, por despreocupación. En pleno período especial se hicieron Los pequeños campeones, Memorias de un abuelo, El cucumí se despierta los domingos, Tato y Carmina, El Dragón Mambí y la mencionada Los papaloteros.
    Aplaudo que se repitan las aventuras de antaño que tanto nos hicieron soñar ya que en los últimos años solo se proyectan series extranjeras (que a veces repiten hasta el cansancio y por los temas que abordan, están dirigidas a adoloescentes y no a los niños) o películas de larga duración en capítulos (Ej: La reina de las nieves, Las mil y una noche, El conde de Montecristo), aunque lo mejor sería hace nuevos productos de buena factura. De nada han servido los festivales y la Convención de radio y televisión, ni los congresos de la UNEAC, el mal sigue y no s eha cortado de raíz.

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