El extraño caso del niño de Shangó sin canastilla

Jordan Rey fue encomendado a Shangó y a la Virgen antes de venir al mundo. Del Orisha de los truenos lleva el segundo nombre, porque Shangó fue rey de Oyó, y porque su madre hizo esa promesa a cambio de su salud. En su familia, ya lo aprenderá Jordan, la religión está escrita en el ADN.

La abuela Andrea sabe que no es igual venir al mundo  a las 11:59 pm de un día que a las 12:00 am del siguiente. “El astral no es el mismo”, me dice, y yo trato de entender cómo y cuánto  podría cambiar ese detalle  en la vida de un niño que acaba de nacer. Ella no lo explica demasiado, pero yo le creo.

Jordan Rey nació en los primeros minutos del 26 de julio de 2015. La madre no puede decir exactamente la hora porque, y quién la culpa, en medio de los dolores a nadie se le ocurre preguntarla. Cuando el vientre se endurece y el muchacho de nueve libras empuja para salir, se lo digo yo, no hay neuronas para la lógica y la relación espacio-tiempo. Para eso están las asistentes en un salón de parto, que lo único que deben hacer es anotar el peso, la fecha y la hora, y algún que otro dato más que  no viene al caso.

En la sala de recuperación, después de un alumbramiento difícil, con la anatomía rota y el cansancio haciéndole sombra, mientras  comenzaba a aprender de memoria cada centímetro del rostro de su hijo, hacerle arrullos y amamantarlo, Alina (la madre) supo por qué en lugar del 26, anotaron que el bebito había nacido el 25 de julio a las 11:45 pm. Una joven que también sostenía en brazos a su niño le comentó con alegría solidaria que de seguro había ganado la canastilla.

¿Canastilla?, ¿qué canastilla?

Aquí, más veces de lo que se necesita, se intenta apuntalar el apego a un nacionalismo chato y de efeméride con “iniciativas” al estilo de una canastilla, como si los sucesos del 26 de julio de 1953 no estuvieran inscritos en la Historia con tinta indeleble: la sangre de los muchachos asesinados en el patio del cuartel. La organización o grupo encargado de elaborar la “iniciativa” reúne par de camisitas, 10 culeros, un ajuar para la cuna, dos pomos, un muñequito de goma y si alcanza el presupuesto puede que, incluso, un coche. Pero como no hay para todos los bebés que nazcan el día señalado se le otorga al primero, claro está, me explican, siempre que no sea cesárea planificada.

El resto de la historia es fácil de adivinar. La canastilla ya tenía nombre cuando Alina entró al salón de parto. Afuera esperaban más de seis familiares y amigos que constataron  en sus relojes que pasaban de las 12:15 cuando una de las enfermeras mostró al chiquillo por el cristal. Y, ya ve, lo que debía ser acicate para el patriotismo (si le seguimos el juego a los de la “iniciativa”),  termina siendo la peor de las distorsiones. En realidad a mí no me hace falta nada, me dice Alina que, en sus 12 años de animadora turística tuvo tiempo de reunir lo que necesitaba. “Yo solo quería que lo inscribieran el día en que nació”.

Jordan Rey fue encomendado a Shangó y esto debería bastar. Pero encabrona, y mucho, la miseria de espíritu y moral con la que andan algunos por la vida…

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