Fracturas

 

grieta

Terminaré un día de estos por darle la razón a los que dicen que el béisbol cubano nos mira desde el fondo de una fosa común, en el mismo camposanto donde yacen los cuerpos sin vida de la prosperidad y el progreso.

Como si no bastara el hecho de que la Serie Nacional tiene el mismo nivel de las ligas provinciales y de que los mejores peloteros abandonan los equipos Cuba o piden visa a República Dominicana, persiguiendo la gran carpa (o cualquier otra liga que les pague mejor), también hay que presenciar el derrumbe moral de un deporte que, entre otras cosas, fraguó el sentido nacionalista y pareció materializar el pasaje bíblico de David contra Goliat.

El epicentro de ese derrumbe no es, por mucho, la salida sigilosa de los hermanos Gourriel de un hotel en Dominicana; ni el centenar de peloteros que emigraron en 2015 o las decenas que los antecedieron; ni Urquiola diciendo, video off the record mediante, que está cansado y que todo es una mierda; ni Vargas llevando a su muchacho a Miami para que juegue al máximo nivel; ni Marquetti, ni El Duque, ni Rusney, Pito, Alexey, Puig o Céspedes, que aquí tenía una bicicleta y allá seis carros del año. O sí.

La fractura, no obstante, está en que todavía se habla en términos de “béisbol rentado”, mientras a voz en cuello aseguramos que la solución para la debacle del pasatiempo nacional serían las contrataciones en ligas foráneas. Y no aprendemos a ser coherentes.
La fractura está en que ahora mismo hay un dilema ético fundamental, con un manager alegando que fue agredido, y una dirección provincial desmintiéndolo públicamente y contando una versión donde es él el agresor. Y no pasa nada.

La fractura está en que sabemos que en la base no se está haciendo lo que se debe, que faltan recursos, motivación, estímulos, atención. Que para que los niños de categorías menores topen, sus padres deben asumir todos los gastos, sin contar que antes debieron granjearse los implementos. Y no hay solución.

La fractura está en que ni siquiera lo que se supone un estímulo, como ganar la Serie Nacional y asistir a la Serie del Caribe, lo sea. Que provoca desánimo, apatías, desganos, enemistades, al punto de romper la dinámica de un equipo. Que si ganamos, gana Cuba, y si perdemos, pierde el de turno. Y qué le vamos a hacer.

La fractura verdadera es que el ente rector del béisbol en la Isla ha hecho mutis en casi todos los sucesos que ameritaban una toma de partido, una declaración, un debate, un ejercicio de transparencia. Cuando el pasaporte falso de Despaigne, cuando los Gourriel se mudaron para La Habana, cuando Yulieski renunció a su contrato en Japón, cuando vinieron las Grandes Ligas, cuando Urquiola dijo que la Comisión no funcionaba, cuando lo dijo Víctor Mesa…

Y aquí está(mos), con la tierra fracturada, abierta bajo los pies. En silencio, mirando al fondo de la fosa.

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