La excepción

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Yo no sé a quién se le ocurrió la idea, ni si fue un intento de jugar a la filatelia sin sellos de correo. Lo que sí sé es que, en medio de la escasez que definió ese tiempo desesperanzado que llamamos Período Especial, de pronto las niñas de la escuela comenzaron a guardar y coleccionar etiquetas de cualquier producto de los que se empezaron a vender en las shopping, una vez que fue legal tener dólares americanos.

Como las etiquetas y envolturas podían ser de cualquier cosa, esa suerte de “coleccionismo” no se exhibía en los álbumes de filatelia que, una década antes, se adquirían en las librerías. No había forma de poner en aquellas finísimas líneas de nailon el forro de un jabón Lux, ni la cartulina de un pitusa Zingaro. No cabían.

Entonces aquel amasijo de papelitos y nailitos brillantes y coloridos —todo un descubrimiento después del reinado del cartucho— fue a parar a los libros de cuentos. Todos los días, además de los libros de texto, en la mochila llevábamos nuestra “colección” y a la hora del receso se formaba el cambia-cambia.

Yo creo que ya en ese minuto algunas nos dimos cuenta de que no éramos iguales, como se suponía. Había una niña que tenía muchas etiquetas lindas, de ropa más linda todavía, y envolturas de caramelos, bombones, galleticas. Sus papelitos eran casi únicos y, por eso, el cambio no era al uno por uno.

Para guardar mi colección busqué un libro grueso, con la carátula dura, que contaba una historia loca de un cosmonauta que se enamoró de una extraterrestre. Muchos años después, hojeando en mi memoria los días de la Escuela Primaria y descartando regueros de mi cuarto en la casa de mis padres, cayó en mis manos aquel libro un poco destartalado, abierto por el lomo.

Y allí, al lado de Aelita (la extraterrestre que les comentaba) la joya de mi corona, o sea, de mi colección: una envoltura de Kit Kat. No recuerdo cómo aquel papelito fue a parar a mis manos, de lo que sí estoy segura es de que no me comí el chocolate. Debo haberlo encontrado tirado en alguna parte. Pero era tan lindo en su composición roja y blanca, tan simple y a la vez tan exótico… Era más lindo que el peter Baracoa, aquella barra entre amarga y dulce que mi papá no había comprado más.

(Voy a hacer un paréntesis para contar otra historia, cortica: Cuando mi hermana y yo, como todas las hermanas de este mundo, nos poníamos a discutir y hasta volaba algún que otro pescozón, mi papá amenazaba con buscar a Pepito — bueno la historia del cinto de cuero Pepito se escribirá en un próximo post— y con mandarnos a una para Pinar del Río y a la otra pa´ Baracoa. Y yo, inteligentica que me creía, decía, yo voy pa Baracoa, porque ahí hacen los peters… y empezaba la bronca otra vez)

Lo cierto es que el dichoso papelito era tan llamativo que tuve varias propuestas de “negocios”. La niña de la mejor colección siempre me estaba sonsacando con dos o tres de sus etiquetas, pero no claudiqué. Nunca cambié mi Kit Kat, o sea, mi envoltura de Kit Kat.

Luego la furia de las colecciones se acabó, tal vez porque siguieron haciendo shoppings y había que morir allí para comprar jabón o detergente ( o sea, había muchos papelitos de cualquier cosa)—y ya había pasado el tiempo de la novedad y el deslumbramiento post cartucho—, porque crecimos y ya no estábamos pa´esa bobería o porque las prohibieron (que nunca fueron bien vistas por aquello de incitar al consumismo).

En fin, que ese día de limpieza general y plan tareco se plantaron ante mí Aelita y Kit Kat, como en un triángulo amoroso diciéndome ESCOGE. Para ese momento, ya yo sabía que lo más importante de la vida no son las cosas y que hay ciertas cuotas de superficialidad en eso de andar venerando las marcas, que de maquilas está lleno el mundo.

Y aposté por la historia loca del cosmonauta que se enamoró de una marciana… hasta el día en que logré probar el chocolate Kit Kat, y luego el Hersheys, y por último el Toblerone…

Y tuve que hacer una excepción.

 

 

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