Nunca más

descarga-2No puedo recordar cuándo fue. Ya no logro, ni siquiera, dibujar en mi mente su figura con un cigarro en la mano. Mi papá dejó de fumar un día y no le avisó a nadie. Puso la cajetilla encima de un mueble de la cocina y se dispuso a hacer lo mismo que había hecho toda su vida, excepto envenenarse y, de paso, envenenarnos a nosotros. 

Una semana después mi mamá, demasiado ocupada en los quehaceres de la casa y agobiada hasta el infinito con el período especial, notó que ni la ropa ni los besos estaban contaminados de alquitrán y nicotina. Y solo entonces se hizo pública su decisión.

Siempre que lo pienso me parece un chiste, pues él dejó los cigarros a la vista por si se arrepentía, por si era de mentiritas y su relación con su terrible “amigo” fuera como esos amores entre hierros viejos e imanes, incapaces de resistir la atracción.

De vez en cuando le pregunto a mi padre la fecha de aquel suceso, pero pronto lo olvido, no sé si porque tengo mala memoria o se trata del subconsciente, que prefiere creer que nunca fumó. La verdad es que tampoco le doy mucha importancia al asunto, pues papi perdona mi amnesia temporal y responde siempre como si fuera la primera vez; quizá se siente bien al saberse tan fuerte de voluntad.

Porque para quien fumaba desde la adolescencia, dejar el vicio de un tirón es digno de alabanza. Dicen los que lo han logrado, que al principio es como mordida de perro, que arde pa’ dentro y parece no sanar, y uno siente que se ahoga, que le falta algo…

Lo que nunca nos ha dicho el viejo es por qué se apartó del cigarro. Teorías familiares apuntan al temor. Por esos días a una tía muy querida le diagnosticaron pólipos en la laringe y más de una vez el fantasma del cáncer provocó miedos en nosotros. Otras suposiciones tienen, como casi todo, un trasfondo económico. En esa época una caja de cigarros costaba entre 60,00 y 70,00 pesos.. y esos son muchas razones.

Al final, por una u otra causa, o por las dos, dio el primer paso. Y que nadie crea que fue tan sencillo como lo escribo ahora. Para un adulto hecho y derecho, con más de 20 años como fumador, no era cosa de coser y cantar. Mucho debió sufrir la abstinencia, en silencio, después del buchito de café mañanero, luego del almuerzo o antes de acostarse.

Sé que debió tener  ganas de flaquear cada vez que alguien se le paró al lado con un cigarro entre los dedos y le tentó dibujándole el rostro con humo. Tragaba en seco mi padre. Una vocecita interior le decía que una sola bocanada no era peligrosa, que después lo volvía a dejar… Pero, guajiro empecina’o al fin, cumplió la promesa que se había hecho a sí mismo: Nunca más.

Las niñas crecimos, ninguna de las dos llevamos en la cartera la maloliente cajetilla y no andamos como locas buscando la escurridiza fosforera. Mami ya no se acuerda de a qué saben los besos con nicotina y mi viejo debe vivir muchos años más, gracias a aquel día en que dejó de fumar y no le avisó a nadie.

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