El viaje más largo

Deambulantes en Ciego de Ávila, 2014. Foto: Edelvis Valido

¡Agila, agila… ahí no te sientes…agila!

El viejo debe tener más de 70 años. Digo debe porque después de pasar días y noches en la calle, comiendo lo que puede y durmiendo a la intemperie, el cuerpo se va dando por vencido y los años empiezan a caer de 10 en 10. No hay manera de saber qué edad tiene, pero probablemente eso no sea lo más importante. El viejo viste ropa raída y mal oliente; carga un saco, al que se le trasparentan latas y trapos, que también desprende un hedor irresistible. Camina con dificultad, casi sin levantar los pies del suelo, y bajo la camisa hecha jirones se adivina un bulto, quizás un quiste enorme o malformación física que encorva su delgada figura. 

Con mucho esfuerzo, el anciano logra subir los dos escalones de la guagua y parece no inmutarse cuando el muchacho le grita con desprecio “¡agila, agila… ahí no te sientes… agila!”

El muchacho, de unos veintitantos,  es corpulento y lleva en la espalda una diminuta mochila con forma de oso panda que contrasta con sus botas de goma y los ademanes rudos con que “espanta” al viejo. Al final del día el panda de peluche será solo un anacronismo más en aquel joven que saca medio cuerpo por la ventanilla y ¿saluda? a alguien diciendo “joooseeee maricóooon”.  A pesar de su salud y su juventud se ha sentado con las piernas bien abiertas en el asiento destinado a las personas con discapacidad, mientras la joven que lo acompaña carga a un niño pequeño en el asiento de las embarazadas.

En la guagua la gente observa con parsimonia. El chofer masculla algo como “¡concho viejo, con esa peste, dale, dale!” y una señora se levanta para dejar dos plazas vacías. Desde el fondo alguien le exige al muchacho que respete, le recuerda que se trata de un ser humano con problemas, pero ser humano al fin y tiene derechos,  cualquiera puede estar en su lugar; “incluso tú dentro de unos años”. Él protesta, bravuconea, y la joven que lo acompaña le pide que se calle, que deje las cosas así. No se puede adivinar si ella comprende que él no tiene razón o está evitando una confrontación. Calma al niño en brazos y otra vez le dice, como implorando, “ya”.

No se entiende el murmullo, mas la parsimonia se ha esfumado: algunos a favor, otros en contra, miran de reojo, hacen muecas. El viejo se sienta y espera sin inmutarse, solo, el final de su viaje.

Durante el trayecto, mientras dure la lástima, el asco, el enojo o la compasión, un sinnúmero de preguntas gravitarán en el reducido espacio de la guagua Diana, un domingo a las 7:45 de la tarde. ¿Qué será esa bola que tiene en la espalda? ¿No tendrá familia? ¿Cuándo se bajará? ¿Por qué permiten que monte en la guagua con esa peste? ¿A ese manganzón nadie le enseñó un poco de humanidad?

¿Qué vamos a hacer  con los deambulantes de esta ciudad?

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Deambulantes en Ciego de Ávila, 2014. Foto: Edelvis Valido

   ***

En 2014, el periódico de Invasor llevó a su edición impresa el problema de los deambulantes en Ciego de Ávila para poner en escrutinio público una realidad que estaba a la vista, sin soluciones definitivas. Luego la Asamblea Nacional del Poder Popular dedicó una sesión a analizar el tema y se pusieron ejemplos de provincias con iniciativas más o menos efectivas. Se habló de centros especializados, de fortalecer los hogares de ancianos, de incidir más en la prevención.

De octubre de ese año, también,  es la orden ministerial 1120, emitida por la Ministra de Trabajo y Seguridad Social, que lista las acciones aprobadas por la Comisión Económica Financiera del órgano legislativo y de gobierno para “la atención a personas con conducta deambulante”.

El documento reconoció que el trabajo integrado de las instancias competentes, a todos los niveles, era deficiente, resultado quizás de la no existencia de una norma jurídica que regule el tratamiento a estos individuos, entre otros factores. La lista de responsables, cuando falla la familia,  incluye a los consejos de las administraciones municipales y provinciales, las direcciones de Trabajo y Seguridad Social, la Fiscalía, el Ministerio del Interior y las direcciones de Salud Pública.

En Ciego de Ávila, el trabajo integrado no ha sido eficiente ni sistemático. La muestra más clara es la cantidad de deambulantes que pernoctan en el Hospital provincial, los parques, los portales y los bajos del edificio de 12 Plantas…

Extraoficialmente me han dicho que el presupuesto destinado en 2016 para un centro de clasificación tuvo que ser redirigido a otra partida porque no “apareció” un local que pudiera servir para este objetivo.

Tal circunstancia se parece mucho a la Diana del relato, cargada de gente que se escandaliza o minimiza ante el problema, y en la que, como antes le dije al “panda” con corazón de piedra, podríamos subirnos cualquiera de nosotros, dentro de unos años, en para hacer el viaje más largo.

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Publicado por

Sayli

Soy "algo" que todos los días se (re)construye. Debo tener un punto de partida, un botón de inicio quizás, pero no lo encuentro. Tampoco la última orilla ni el malecón que me contiene. Escribo porque no se me da bien la política ni el sexo por dinero, lo cual me mantiene contando centavos, pero me deja dormir en paz.

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