Alexis Díaz-Pimienta: Con viejos mapas hacia alguna parte

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Foto: Rodrigo Valero

 

Aclaración:  Si esta entrevista fuera un manojo de uvas habría sacado yo de ellas un excelente vino. En julio de 2013, cinco años hace ya, terminé de poner en blanco y negro las preguntas que quería hacerle a Alexis Díaz-Pimienta, un amigo sumado por ese entonces a la lista de Facebook. En Facebook, es sabido, uno tiene amigos y amigos. Y Díaz-Pimienta empezó siendo lo segundo para terminar, bastante rápido, convirtiéndose en lo primero. El poeta demoró en responder. Luego yo demoré en escribir. Del proceso de añejamiento ha salido este diálogo que, al menos, ojalá tenga buen espíritu.  Confío en la cepa.

I. El cuestionaro era largo, pero siempre le dije que respondiera lo que quisiera. Obviamente él lo haría le diera o no tal prerrogativa, de manera que, a seguidas y como amuleto contra la mala suerte o el cansancio al final del día,  le escribí: Solo espero que a última hora no te acuerdes de ese poema que por casualidad escribiste con la mano zurda, “Si te entrevistan no hables. Niégate. Cállate. Pon cara de consternación”.

Y ya ven, no lo hizo.

— De los temas de donde habitualmente bebe la Literatura hay uno que, de la mano de los más socorridos como el Amor y el Desamor, la Vida y la Muerte, atraviesa buena parte de tu obra: la Migración, el emigrante y su micromundo. Enildo Niebla (Prisionero del agua), la Musicóloga (Maldita danza) y las voces en tus poemarios hablan de quien parte y no regresa o de aquellos que al volver se dan de bruces con una realidad que no alcanzan a conocer. ¿Fuiste también alguien que zarpó del pecho de su madre hacia lo otro? 

— Bueno, digamos que sí, pero sin traumas, porque desde adolescente, desde niño, yo era un “migrante natural”. Algo raro, ¿no? Me explico. ¿Recuerdas el personaje de La Abuela, en Prisionero del agua? Aquella Abuela que permutaba y permutaba y permutaba y que termina la novela viviendo en la misma casa en la que vivía 300 páginas antes, al principio? Pues bien, ese personaje está inspirando en mi madre. Mi madre es “la mujer de las permutas” (y, por cierto, mi madre, Albertina, además “hace un cameo” en la novela: sale ella también, permutando, en uno de los pasajes de la novela, es decir, mi madre se encuentra con La Abuela, que está inspirada en ella; algo muy piriandelliano, borgeano, woodyalleniano, en fin, muy mío en el fondo).

“De manera que yo me pasé toda la infancia cambiando de casa, de barrio, de escuela. Nací en Cayo Hueso, Centro Habana, en un solar en el que la ventana de mi cuarto daba a la Fragua Martiana (calle Príncipe), y de ahí nos mudamos a Nueva Gerona, en la entonces Isla de Pinos. En 1977, cuando yo tenía 10 años, regrasamos a La Habana, al Diezmero, en San Miguel del Padrón. Y después de eso hemos vivido en casi todos los escenarios por los que pasa la Abuela de la novela: en tres casas distintas del Diezmero, en el Cotorro, en el Caballo Blanco, en cuatro o cinco casas distintas en Luyanó, en 10 de octubre, en fin, y en muchos más lugares que no puse en la novela para que fuera verosímil.

“Cuando mis padres se divorciaron yo me fui a vivir con mi padre (mi maestro repentista) y el espíritu “migratorio” no cambió: mi padre no cambiaba de casa cada seis meses, cambiaba de mujer que era lo mismo. Y allá iba yo, como un gitano o un beduino sin desierto, con el jolongo al hombro a vivir en otro barrio, a estudiar en otra escuela, a vivir en otra casa y con otra familia. En una canción de mi disco El Guajiro Citadino, lo cuento, pero la gente cree que es fantasía. Cuento que tuve 23 madrastras y más de 80 hermanastros y no me creen, pero es cierto.

“Mi padre fue mujeriego /repentista y borrachín / para el que amar era un juego. / Como que el amor es ciego / tuvo el favor de los astros. / Y como yo tras sus rastros / viví todo el tiempo a rastras / tuve 23 madrastras / y más de 80 hermanastros”.

“Hasta en París me he encontrado con hermanastras mías. Y un día en Radio Rebelde me hicieron una entrevista a micrófono abierto, y tuvieron que mandar a cortar cuando llamó el “hermano número 15”. Porque, además, todos nos tratamos como hermanos. Todo esto te lo cuento para que entiendas por qué cuando yo zarpé “del pecho de mi padre hacia lo otro”, lo hice sin trauma. Ya estaba acostumbrado. Cambié de país y de continente con la misma alegría aventurera que cambiaba de barriada, de calle, de escuela.”

— Zarpaste en La Habana y tocaste puerto en ¿España? Tremenda travesía, ¿no?

— Llegué a España en 1993, a un Festival de repentismo, y allí me enamoré e hice como mi padre, me instalé a vivir en la mujer que amaba. Con la diferencia que a él el amorío le duraba seis meses y el mío duró 20 años, un hijo y una de las etapas más felices y fructíferas de mi vida literaria. Yo siempre dije que no vivía en España, que vivía en Natalia, mi mujer entonces. Y era verdad. Amé muchísimo a mi mujer y solo por algo así  dejaba de vivir en La Habana, aunque si me leen, nunca dejé de estar aquí, de vivir aquí, de pensar y escribir desde el corazón de La Habana. Después de 20 años nos divorciamos, pero ya Almería, Andalucía, España en general, está muy dentro de mí, es mi segunda casa. La primera siempre será Cuba.

“Este es un resumen apretado de mi verdad personal en torno a este problema social tan agudo (tan peliagudo) que ha marcado a tantas generaciones de cubanos y que yo he reflejado en mis libros. Yo no salí en una balsa (para empezar, no sé ni nadar), no me exilié, no tuve ni tengo pleitos con mi país ni con su sistema, pero vivir lejos, ver desde otra perspectiva todo, creo que me ayudó a pensar y escribir de otra manera.

“Pero debo aclarar algo, que a veces es confuso. Prisionero del agua, mi “novela de los balseros” es una novela anterior a la Crisis de los Balseros de 1994. Es una novela que escribí entre 1989 y 1991, cuando nadie en la literatura cubana hablaba de balseros. De los balseros solo se hablaba, en voz baja, de noche, en la absoluta clandestinidad, en los barrios. Yo lo recuerdo así en el Diezmero, en el Caballo Blanco, en la Cumbre. Siempre había el runrun, el chisme de que alguien del barrio se “había lanzado”. Pero nadie escribía ni se habia publicado un solo cuento sobre esto. No que yo recuerde. Y creo que ese vacío literario fue lo que me inspiró a contar esta historia.

“En 1989 yo tenía 23 años. Escribía a mano en libretas escolares que aún conservo. Así nació Prisionero del agua. Luego, viviendo en Luyanó la pasé a máquina de escribir (una vieja Remington que me regaló Amadito del Pino, el dramaturgo) y así en libretas y en hojas sueltas y mecanografiadas me la llevé a España en 1996.

“No, antes, en 1995, el almeriense Ginés Bonillo me regaló mi primer ordenador: un 486. Y allí comencé a digitalizarla. Y ya en España vino la magia de la computadora y las posibles versiones, revisiones, correcciones, hasta darle el toque final. En 1998 se publicó, porque ganó el Premio Internacional de novela Alba / Prensa Canaria, y bueno, como en 1994 había ocurrido la crisis de los balseros enseguida la prensa y la crítica y los lectores la identificaron como una novela ambientada en ese realidad candente, de tanta actualidad.

“Coincidió, además, con un pequeño, efímero boom de la literatura cubana en España. Ese mismo año y al siguiente publicaron novelas de mucho éxito Zoe Valdés, Daína Chaviano, Pedro Juan Gutiérrez y otros. Mi novela fue seleccionada como una de las 10 mejores primeras novelas del año 98 en España por el prestigioso suplemento cultural del diario ABC. En fin, todo muy estimulante para un escritor joven (yo tenia 26 años), con su primera novela. Y en Cuba no se publicó hasta dos años después, en el 2000. Y para mi sorpresa en el año 2010 la novela gana el Premio Puertas de Espejo que otorga la Biblioteca Nacional de Cuba al libro más leído en la red nacional de Bibliotecas del país. Imagínate. Ese si fue el Premio Gordo.

“Después de una etapa tan mediática, tan televisiva, cuando mi rostro como poeta guajiro espantaba a unos intelectuales y mi verbo de repentista “tribunicio” escandalizaba a otros, imagínate, cómo voy a pensar yo que en Cuba hay mucha gente leyendo mi novela. El boca a boca supongo. Y así fue, yo estaba en Almería y me llegó un email de la Biblioteca Nacional diciendo que había ganado un premio que ni sabía que existía. Todo eso a pesar de que sobre mi novela hubo un silencio absoluto en la crítica cubana. Excepto un temprana reseña de Alberto Guerra en La Letra del Escriba, nadie escribió nada. En los pasillos sí, muchos colegas me detenían y me hablaban muy bien de la novela en los pasillos de la UNEAC o del Instituto del Libro, y yo les decía, les pedía incluso, “bróder, pero escríbelo, ponlo por escrito”, pero nada.

“Creo que nuestros serios críticos literarios no se atrevían a escribir una reseña sobre un repentista que escribía novelas. ¿La habrá improvisado?, pensarían. Ahora recuerdo que hubo otra reseña de René Vázquez Portal, en un diario de Miami si mal no recuerdo, una reseña laudatoria con la obra como la de Alberto Guerra, solo que Vázquez descubre un gazapo que hay en la novela, creo que el nombre de un personaje de Hemingway, y tal gazapo se lo achaca mi práctica de “tanto repentismo”. Me dio risa amarga, por supuesto. Pero en fin, le agradecí mucho que escribiera. En España sí hubo muchas, muchísimas reseñas. En Cuba, solo esto. Y silencio. La única persona que siempre recordaré como un ejemplo de honestidad lectora es la actriz Susana Pérez. No nos conocíamos de nada. Yo a ella sí, por supuesto, del cine y la televisión. Y ella a mí de mi, entonces, frenética actividad como repentista, con la seguidilla sobre todo.

“Y un día me interceptó en Avenida de los Presidentes y me dijo: “estaba loca por conocerte”. Y me contó que ella “más que actriz” (que es mucho decir) “era lectora, una lectora empedernida”. Y que un día buscando qué leer en la libería del Palacio del Segundo Cabo se encontró con una novela firmada con mi nombre. Prisionero del agua. Y me dijo mirándome a los ojos: “La compré pare reírme; diciéndome, a ver qué mierda escribe el repentista este”. Bueno, me reí mucho, y no te diré lo que me dijo luego sobre la novela, por pudor; solo te diré que ahí nació una amistad profunda, intelectual y humana, que dura hasta la fecha. Y yo estoy convencido de que Cuba está llena de intelectuales y lectores que les ha pasado lo mismo que a Susana conmigo; solo que no lo dicen. Y optan por el camino corto: no me leen.

“En fin, Prisionero del agua es una novela que escribí en Cuba, antes de salir de Cuba, y habla de los balseros mucho antes de que las balsas fueran una “moda literaria”. Que se publicara después fue coyuntural. La novela en la que sí profundizo, a conciencia, en el tema de la emigración es en Maldita danza (Alba, Barcelona, 2002; Oriente, Santiago de Cuba, 2004). Es en esta novela donde vuelco toda mi experiencia como inmigrante y todas mis reflexiones sobre lo que significa y lo difícil que es ser cubano fuera de Cuba, sobrevivir al cubanismo y al cubaneo. “Oh los tópicos, Cuba es un trópico de tópicos”, digo al principio de la novela.”

— Entonces Maldita danza habla de tu vida como emigrante desde la voz de una mujer que, se me antoja, es otra manera de vivir la migración. Sin embargo, la escribiste en La Habana. Se supone que te habrías curado de la nostalgia y la lejanía.

— Es, posiblemente, mi novela más autobiográfica, aunque me haya valido del travestismo literario para escribirla y esté protagonizada por una mujer. “Ser mulata, ser joven, ser cubana,  y vivir en España es un fastidio” es la primera oración de la novela. Y la última es “Ser mulata, ser joven, ser cubana,  y volver a vivir en la ciudad de siempre, es un fastidio”. Es una novela de estructura circular (como las ruedas de casino). La escribí en el año 2002, viviendo en La Habana (del 2000 al 2004 volví a vivir en Cuba, el período en que fundé la Cátedra de Poesía Improvisada en el ISA y las escuelas de repentismo infantil en toda la isla). Y fue muy curioso el proceso. No tenía historia. Durante cuatro o cinco meses tuve solo la primera oración en la cabeza.

“Al cabo de cinco meses escribí la segunda oración: “Ser cubana, ser joven, ser mulata,  y volver a vivir en la ciudad de siempre es un fastidio”, es decir, el final. Y durante dos o tres meses más solo tuve eso: el principio y el final de la novela, como si fueran “pies forzados extremos”. Y el concepto, lo que quería contar: la difícil vida de un cubano en España, acorralado por los tópicos y los estereotipos sobre Cuba. Y que la novela sería musical (mi pequeño homenaje al Carpentier de Concierto Barroco) y circular, como las ruedas de casino. Una novela protagonizada por la música. Entonces, mientras no escribía, con el principio y el final solamente, me dediqué a documentarme, a estudiar música, la historia de la música, desde la música clásica a la música popular bailable cubana. Cuando terminé de escribir Maldita danza yo me sentía capaz de dar una conferencia en un congreso de musicología (mi referentes para esto no eran literarios, sino cinematográficos, histriónicos: mi patrón era el Robert de Niro de Taxi Driver y Jake la Mota).

“Pues bien, esa novela pasó sin penas ni gloria en España (ahora me doy cuenta que era “demasiado cubana” para los españoles) y se editó en Cuba cuatro años después, corriendo la misma suerte (tal vez era demasiado española para los cubanos). Además, la publiqué en Oriente intentando romper el monopolio de las editoriales habaneras, pero no se distribuyó, nunca vi el libro en ninguna librería del país, y eso que yo me muevo mucho.

“Y por último, el tema de la emigración, del que parte y no regresa, también lo gloso en dos poemarios muy distintos: en Los actuales habitantes de Cipango (Unión, La Habana, 1998) y en Un día cualquiera del vendedor de gafas (Casa Museo Tomás Morales, Gran Canarias, 2010).

“El primero es una “antolología personal” en la que junté todos los poemas de corte social relacionados con Cuba, con La Habana, y ahí está mi conocida “Seguidilla del balsero”.

Sosténme balsa bendita / sobre mi propia esperanza / confía en mi voz y avanza. / Sosténme balsa bendita / ahora que una aleta grita / su hambruna de martes trece. / Paciencia, a ver si aparece / algún buque fantasmal. / noche, miedo, espuma, sal. / ciudad que desaparece.

O los Sonetos del confundido

Cómo aceptar la deserción y el miedo / que decirle a las tarjas y a las lomas / a qué uña recostar cansado el dedo / a qué mago exigirle más palomas / si el barrio se nos queda en un no-puedo / en un no bebas, no vistas,  no comas / si el disco raya un largo “yo me quedo” / aunque al hijo le quedan pocas tomas”.

O la “Fábula triste de la alegre Habana”

No te lleves, turista, a esa muchacha / no le endulces con naipes el camino / Ella es mi infancia: yaquis, suiza, tacha / manos cogidas, besos de camino. / No la invites, turista a que me olvide. / no la escondas de mí tras la vidriera. / dile que no hay amor si te lo pide. / dile que estoy mirándola aquí afuera.

“Todos eran poemas con corte de denuncia social, de impotencia, desencanto, angustia, escritos entre 1988 y 1995, años muy difíciles en toda Cuba. Poemas que estaban dispersos en varios libros publicados en España y que yo junté en este, para que se leyeran en la isla. Tampoco sobre este libro se escribió nada en la prensa cubana, excepto una reseña de Pedro Péglez en Trabajadores. Pero aquí, en este, si hablo sobre la migración cubana, sobre los balseros del 94, sobre el doloroso “apartheit turístico” en los hoteles de la isla. Todo lo que me dolía de nuestra realidad cotidiana.

“En el otro libro, Un día cualquiera del vendedor de gafas, vuelvo la mirada hacia los otros inmigrantes, los que me tocaban tan de cerca: los emigrantes africanos y árabes que naufragan diariamente en las costas de Europa y que sobreviven a duras penas en las calles de Almería, Huelva, Cádiz.

“con los ojos redondos y ahuecados / como monedas de 25 pesetas / ojos que no le sirvan para nada / en la época del euro”.

Es posiblemente el poemario más doloroso que he escrito. Porque nuestras balsas no son nada comparadas con las pateras y cayucos que salen de África persiguiendo el sueño europeo y la muerte diaria de niños, mujeres, y sobre todo jóvenes subsaharianos en las costas de España o de Italia es un drama humano de dimensiones éticas. Como cubano, creo que tenía el deber de “cantar” a esto, en el mismo tono dolido y denunciante con el que escribí la “Seguidilla del balsero”. Solo que aquí salió un libro más áspero, más duro, de versos largos y tono fúnebre. ”

Continuará…

 

 

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Publicado por

Sayli

Soy "algo" que todos los días se (re)construye. Debo tener un punto de partida, un botón de inicio quizás, pero no lo encuentro. Tampoco la última orilla ni el malecón que me contiene. Escribo porque no se me da bien la política ni el sexo por dinero, lo cual me mantiene contando centavos, pero me deja dormir en paz.

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